El Principito (cap. 1-4)
(cap 5-8)
(cap 9-13)
(cap 14-18)
(cap 19-24)
(cap 25-27)
(cap 5-8)
 
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Capítulo 5

Cada nuevo día, me aportaba algún otro dato acerca del planeta, la partida, el viaje. Durante el tercer día me enteré del drama de los baobabs.

Fue gracias al cordero, pues el principito me preguntó inquieto, como invadido por una gran duda:

-Es cierto que los corderos comen arbustos?

-Sí, claro. Comen arbustos.

-Ah! Qué alegría me da saberlo!

No me era posible comprender por qué era ello tan importante para el hombrecito. Pero el principito agregó:

-De modo que comen también baobabs, verdad?

Recordé al principito que los baobabs no son simples arbustos, sino grandes árboles y que aún llevando consigo una tropilla de elefantes, no acabarían con un sólo baobab.

La imágen de tropa de elefantes, hizo mucha gracia al principito:

-Habría que ponerlos unos sobre otros...

Luego observó sabiamente:

-Los baobabs, antes de crecer, comienzan siendo pequeños.

-Claro que sí! Lo que no entiendo es por qué sugieres que tus corderos coman a los pequeños baobabs?

-Bueno! Vamos!-contestó el principito como si allí estuviese la prueba. Tuve que realizar un gran esfuerzo inteligente para acercarme por mis propios medios al problema.

Como en todo sitio, también en el planeta del principito, existían hierbas buenas y de las malas que resultaban naturalmente de semillas buenas y de malas semillas. Ocurre que las semillas son invisibles y duermen en el secreto de la tierra hasta el instante en que a una de ellas se le ocurre despertarse. Lentamente comienza a estirarse creciendo tímidamente hacia el sol. Si se trata de una planta mala, se la debe arrancar inmediatamente, en cuanto se la reconoce como tal. Precisamente en el planeta del principito, había semillas terribles. Eran las de los famosos baobabs. Podría decirse que el suelo estaba infestado. Si un baobab no es arrancado a tiempo, ya no es posible luego. Invade y perfora con sus raíces todo el planeta, pudiendo así producirse un estallido.

"Es cuestión de disciplina", decía el principito. "Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, debe proceder cuidadosamente a la limpieza y orden del planeta. Hay que arrancar con regularidad a los baobabs apenas son distinguidos entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. El trabajo es fácil, pero muy aburrido".

Me aconsejó un día, que intentara lograr un espléndido dibujo, para que entrara bien en las cabezas de los niños de mi tierra. "Si algún día viajan-decía- podrá serle de mucha utilidad. En algunas cosas, no es un inconveniente importante dejar el trabajo para otro momento. Pero si se trata de los baobabs, siempre es una catástrofe. Conocí en una oportunidad un perezoso habitante de un planeta que descuidó tres arbustos..."

Dibujé aquél planeta según las indicaciones del principito.

Me desagrada ser moralista; pero verdaderamente el peligro de los baobabs es poco conocido y los riesgos por quien pudiera llegar a extraviarse en algún asteroide son tan importantes, que, en una excepción que me permito, salgo de mi reserva y os digo: "Niños, cuidado con los baobabs!"

Trabajé largo rato sobre el dibujo, a fin de prevenir a mis amigos de semejante peligro. Quizá os preguntéis: "Por qué no hay en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el de los baobabs?" La respuesta es que intenté hacerlos pero sin éxito. En cambio con los baobabs, lo que me impulsó fue sencillamente la urgencia.


Capítulo 6

De a poco fui comprendiendo tu pequeña vida melancólica. Tu mayor distracción era la suavidad de las puestas de sol. De ello me enteré en la mañana del cuarto día cuando me dijiste:

-Me gustan las puestas de sol. Vamos a ver una?

-Bueno, pero debemos esperar...

-Esperar qué?

-Tenemos que esperar a que el sol se ponga.

Pareciste sorprendido. Luego riéndote de ti mismo me dijiste:

-Creo siempre estar en casa!

Se sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos, el sol se pone en Francia. Sólo bastaría llegar a Francia en un minuto para ver la puesta del sol. Pero desafortunadamente, esto no es posible; Francia está suficientemente lejos. Claro que, a diferencia de ésto, en tu pequeño planeta bastaba sólo con mover tu silla algunos pasos, contemplando así el crepúsculo cuantas veces quisieras.

-Un día, asistí a cuarenta y tres puestas de sol.

Poco después agregaste:

-Sabes?... Cuando se está verdaderamente triste, son agradables las puestas de sol...

-Aquél día entonces, el de las cuarenta y tres veces, estabas verdaderamente triste?

El principito no respondió.
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Capítulo 7

Durante el quinto día y siempre gracias al cordero, me fue revelado otro secreto de la vida de mi amigo. Me preguntó bruscamente y con cierta ansiedad:

-Si un cordero come arbustos, es que come también flores?

-Claro! Y es más, un cordero come todo lo que encuentra en a paso.

-Come flores con espinas?

-Sí. También las que tienen espinas.

-Pero entonces, de qué sirven las espinas a la flor?

En verdad, ya no tenía respuesta para ello. Estaba además muy ocupado intentando destornillar un bulón de mi motor, que se hallaba muy ajustado. Me encontraba por cierto bastante preocupado por el estado de mi avión y el agua para beber que iba agotándose minuto a minuto; ello me hacía temer lo peor.

-Para qué sirven entonces las espinas?

El principito no olvidaba jamás las preguntas que formulaba. Yo, preocupado por mi bulón respondí cualquier cosa:

-Las espinas no sirven para nada, son pura maldad de las flores.

-Oh!

Luego de un silencio y con cierto dejo de rencor, agregó:

-No lo creo! Las flores son ingenuas y débiles. No tienen maldad y se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.

Nada respondí. Me decía para mí: "Si este bulón aún resiste, lo haré saltar de un martillazo". Interrumpiendo nuevamente mis reflexiones, el principito dijo:

-Y tú, tú crees que las flores...?

-Pero no! Yo no creo nada! Te respondí cualquier cosa. Yo me ocupo de cosas serias!

Asombradísimo me observaba el principito.

-Cosas serias, eh! Hablas como las personas grandes!

Avergonzándome aún más agregó:

-Todo lo confundes! Mezclas todo!

Nunca lo había visto tan irritado. Sus dorados cabellos se sacudían con el viento.

-Sé de un planeta en donde habita un Señor carmesí. Nunca ha sentido el perfume de una flor, nunca ha mirado una estrella. Tampoco ha querido a nadie. Sólo una cosa ha hecho en su vida; sumas y restas. Repite todo el día, como tú, hasta el cansancio: "Soy un hombre serio! Soy un hombre serio!" Hinchándose de orgullo. Sabes lo que creo? Que no es un hombre, es un hongo!

-Un qué?

-Un hongo!
El principito empalidecía de cólera.

-Millones de años hace que las flores fabrican espinas, y otro tanto que los corderos se comen de todas formas las flores. Acaso no es serio intentar entender por qué las flores insisten en fabricar sus espinas que no sirven nunca para nada? No crees que tenga importancia la guerra entre los corderos y las flores? No tiene ésto más importancia que las sumas y restas de un Señor gordo y rojo? Y no es también importante que la flor que yo conozco sea única en el mundo, que sólo exista en mi planeta y que un corderito pueda hacerla desaparecer de golpe, en un instante una mañana y sin darse cuenta de lo que hace? Esto, no es acaso importante?

Ya enrojecido agregó:

-Si se ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones de estrellas, es motivo suficiente para que al mirar las estrellas sea feliz. Se dice para sí: "Mi flor está allí, en alguna parte..." Pero si el corderito comiera la flor, para él es como si de pronto y al mismo tiempo, todas las estrellas se apagaran. Y ésto, no es importante?

Bruscamente rompió en sollozos y nada más pudo decir. Ya era noche. Abandoné mis herramientas, de las que ya no importaban ni el martillo, ni el bulón, ni la sed, ni la muerte. En la Tierra, en mi planeta, en una estrella, había un principito que necesitaba ayuda. Lo tomé entre mis brazos y lo acuné. Le dije: "La flor que tú amas no corre ningún peligro... sabes por qué? Dibujaré ya mismo un bozal para tu corderito. También dibujaré una armadura para tu flor... Di..." Ya no sabía que decir. Mis palabras resonaban torpes, estaba perdido... no sabía cómo llegar a él... Es soberanamente misterioso el mundo de las lágrimas...!


Capítulo 8

De a poco fui conociendo mejor a esa flor. El planeta del pincipito tenía flores simples, con una sóla hilera de pétalos, no molestaban a nadie ya que apenas ocupaban lugar. Se las hallaba de pronto una mañana entre la hierba y luego por la noche, se extinguían. Pero... aquélla, de la que hablaba el principito, germinó un día de una semillita traída quién sabe de dónde y a quien el principito había vigilado muy de cerca. Podía tal vez ser un nuevo tipo de baobab. Pero al poco tiempo dejó de crecer y comenzó a transformarse en una bella flor. El principito que asistió a todos los cambios que iban produciéndose, al ver el capullo enorme, creyó que de ello iba a surgir alguna aparición milagrosa. Y, al abrigo de su cámara verde parecía no terminar nunca de preparar su embellecimiento. Elegía con sumo cuidado sus colores. Lentamente se vestía ajustando uno a uno sus pétalos. No quería nacer llena de arrugas como las amapolas. Quería aparecer con el pleno resplandor de su hermosura. Era por cierto muy coqueta. Por fin una mañana, decidió mostrarse junto con la salida del sol.

En medio de un gran bostezo, la flor que había trabajado con tanta perfección, dijo;

-Ah!, perdóname... Recién me despierto... Todavía estoy despeinada.

El principito en un estado de máxima admiración exclamó:

-Eres hermosa!

-Es cierto. He nacido al tiempo que nació el sol.

El principito notó que era muy poco modesta, pero... era tan conmovedora!

-Si no me equivoco, creo que es hora de desayunar-dijo la flor- Serías tan amable de acordarte de mí?

Algo confuso, el principito tomó una regadera llena de agua fresca y sirvió a la flor.

Se mostraba ciertamente vanidosa. Un día por ejemplo, dijo al principito refiriéndose a sus cuatro espinas:

-Ya pueden venir los tigres con sus garras!

-Despreocúpate, en mi planeta no hay tigres, pero además, los tigres no comen hierba-argumentó el principito.

-Yo no soy una hierba-agregó con seductora suavidad la flor.

-Oh... perdóname.

-No temo a los tigres, pero... las corrientes de aire me horrorizan. Tendrías un biombo para protegerme?

"Horror a las corrientes de aire... No es una suerte para una plante-pensó para sí el principito- Esta flor es bien complicada..."

-Aquí hace mucho frío, de modo que durante la noche, me meterás bajo un globo. Veo que hay pocas comodidades. Allá, de donde vengo...

Había llegado bajo la forma de semilla, de modo que no podía conocer absolutamente nada de otros mundos. Se sentía avergonzada por haberse dejado sorprender por una mentira tan inocente, tosió dos o tres veces como para poner en falta al principito.

-Pero... dónde está el biombo?

-Iba por él, pero... como me estabas hablando!

La flor nuevamente forzó la tos como para afligirle aún más.

Es así como el principito comenzó a dudar de ella y se sentía muy desgraciado.

"No debí escucharla-me confesó un día-; es mejor no escuchar a las flores. Tan sólo contemplarlas y aspirar su perfume. La mía endulzaba con su aroma todo mi planeta, y aún así, yo no podía gozar de ello. Quizá la historia de las garras, que tanto me fastidiaba, debe haberme conmovido...

Me confió luego:

"No supe entonces comprender. Cometí el error de haberla enjuiciado por sus palabras y no por sus actos. Iluminaba y perfumaba todo mi planeta. Jamás debí haberla abandonado! Debí haber intuído su ternura detrás de sus ingenuas astucias. Las flores son tan contradictorias! Y yo... demasiado jóven para saber amarla.